sábado, 10 de julio de 2010

Bye, Bye, Michael Rivers

En un canal de vídeos musicales, en la TDT, de un tiempo a esta parte vienen repitiendo mucho un videoclip de Miguel Ríos. Al parecer, no se trata de un single promocional de un nuevo álbum, sino una suerte de canción-despedida para anunciar su jubilación como músico. Supongo que esto se limita a la producción de álbumes de estudio nuevos, ya que igual caen los consabidos recopilatorios, directos, reediciones en packs de superdeluxtampax, y ahora con motivo de su fin de carrera, algún que otro documental biográfico. La maquinaria de la industria musical no descansa, ahí lleven muertos mil años los artistas.


Alrededor del minuto 2, ¿Quién está haciendo el solo? Qué desganaos, tanto los Pereza, como los editores del clip.

Da igual, el video está realizado en plan homenaje, con los músicos meneándose sobre un croma que funciona de forma que parezcan insertados en las portadas de la discografía de Ríos. Digo músicos, porque en el video salen unos pocos (muy poquitos, algo sospechoso, igual de tanto posponer el retiro la peña ya prefiere esperarse al de Sabina) artistas cantando algunos trozos de canción, acompañando a Ríos en su último adiós.

La mayoría de los invitados son trepas del rock actual que están muy en boga ahora, como son los hermanos Amaral* con el guitarrista mudo del sombrero y su siempre inexpresivo rostro. Con esa cara de palo debería dejar de mirar a cámara y fijar la vista en el mástil de la guitarra, nos ahorraría bastantes pesadillas a más de uno. Su presencia yo me la explico de la siguiente forma: ellos en sus canciones siempre están llenándose boca con las palabras Rock, Rock & Roll, colegueo rockero, etc. Un pelotilleo incómodo al género, que yo siempre he interpretado como un intento de suplir su total falta de rock en el evidente POP-rock que practican. Miguel Ríos también hace mucho eso, meter mucho la palabra rock en sus canciones. En el dvd Rock & Rios que tiene mi padre, leía en el setlist de la contraportada 5 o 6 temas en cuyos títulos aparece la palabrita (“Rock en la plaza del pueblo”, sí, y el alcalde dando el pregón como telonero). Acompañan los dos pintas de Pereza (sólo puedo llamarlos “unos pintas”, no concibo otra manera de referirme a ellos), Juanes (el ídolo carpetero de usar y tirar por lo visto) y el cantante de M-Clan (“Carolina, chúpala bien, no mastiques ahí, no me arranques la piel”).

El único invitado que yo ubico más en la época de Ríos es Rosendo (¿Ríos se ha quedado sin amigos?). Aunque esto es poco preciso, ya que Rosendo tiene la pseudo-virtud de haber tenido siempre cara de viejo, así que uno puede hablar siempre de una época de Rosendo de manera indistinta, hasta que a este le dé por morirse. Muerte que nos cogerá de sorpresa a todos, ya que es imposible determinar su edad con esa cara. Yo le echo 29.

En fin, adiós Ríos, que ya cuelgas los tirantes, blah blah blah, que total, el vídeo me ha recordado que quería comentar algo sobre los viejos rockeros de mi pueblo, que me producían fascinación, a la par que miedo cuando era pequeño.

Cuando mis padres eran jóvenes frecuentaban garitos en compañía de esos individuos. Supongo que con sus orígenes humildes y prácticamente iletrados no les quedó más remedio, en lugar de hacerse amigos de gente de bien y así propinarme enchufes ahora que bien falta me hacen, bah, qué se le va a hacer. Como decía, salían de copas juntos, y debo decir que en mi pueblo sólo existían los garitos antes únicamente conocidos como bares, y alguna discoteca para modernos. Actualmente el bar está en extinción, marginado frente a los locales denominados pubs, macros, afters, cafeses para intelectualoides neoburgueses, latinos y otros lugares lamentables que sirven de refugio a los Gremlins (esos que salen de fiesta y van migrando de local en local para huir del sol del amanecer que se acerca).

Al tener ya edad para criar, y haberlo hecho, las parejas se juntan con otras y si todavía no era muy de noche, podían juntarse en el bar tres o cuatro parejas con sus respectivos niños más los dos o 3 solterones/nas de siempre. Mientras los niños nos distraíamos como bien podíamos afuera del bar, los adultos se reunían, tomaban algo, y bueno, hablaban de las mismas putas cosas de las que habla todo el mundo hoy en día 20/30/40 años después.

Gente rockera, y eso yo lo deducía de pequeño por algunos detalles. Las camisetas por ejemplo, que sumadas a los jeans con descosidos por todas partes, me servían de pista para conocer sus gustos musicales: Barón Rojo, Muro, Extremoduro, OBUS, Platero y tú, Barricada, ÑU (los Blind Guardian españoles), Reincidentes, Los Suaves, Leño, La Polla, Ska-P, Gabinete Caligari, Guns & Roses, AC/DC, Revolver, The Doors, The Who… El lector actual, quizá se percate de una mezcla de géneros algo incoherente, sí, cierto, pero la gente de la que hablo pertenece a una época que, a diferencia de la actual, carecía de la obsesión por el etiquetado, las reglas y la categorización de todo lo que salía por la radio (el internet de antes). ¿Tenía guitarras y parecían malotes? Rock, y punto. Todos se autodenominaban rockeros, igual alguno se sentía punki o jebi, pero no lo decía muy en alto. La actitud era determinante, y de hecho otra pista era esa, da igual en qué derivara la conversación entre los adultos, todas las noches, siempre surgía la oportunidad para declarar sus intenciones: “Nosotros somos rockeros de verdad”, “Los jóvenes de ahora no son rockeros ni nada”, “Yo rockero hasta que me muera, y a la mierda el rey y la puta iglesia”. Esto último también era muy típico de ellos, criticar con jolgorio a los reyes y a la religión. Tampoco desaprovechaban la oportunidad para dejar bien claro que uno era un ateo puro, aunque no viniera mucho a cuento. El tema de la política no lo tocaban mucho porque podía animar a un par de ellos, uno afiliado a Izquierda Unida, el otro apodado “El Comunista”, a aburrirles con sus teorías y sus sermones sobre el obrero, las clases y las medidas prometedoras que nunca se pondrán en práctica.

Otro aspecto en el que me fijaba yo para denominarlos viejos rockeros era lo que tenían en su cabeza, y no me refiero ni mucho menos a sus ideologías: sus melenas. No penséis en las acicaladas y frondosas cabelleras de los frikis de salón del manga de hoy, para eso en primer lugar se debe de tener pelo. En el caso de mis viejos conocidos la melena era algo simbólico. A todos podías señalarlos y llamarlos calvos, pero como sus calvicies se podían clasificar como “parciales” o “relativas”, ellos no desistían ni se rendían ante lo inevitable: ellos dejaban crecer a los cuatro pelos sanos que todavía les quedaran. El resultado era cómico, pensándolo ahora, pero de pequeño uno los veía y se visión se tornaba siniestra y lúgubre, como de bruja de dibujo animado o de fregona que lleva muchos años limpiando suelos. Ya que estoy con el aspecto físico, sus panzas también les identificaban. Yo no los llamaría gordos, ya que muchos de ellos, al no tener estudios, se tuvieron que meter a la construcción, al transporte de mercancías pesadas, y demás tipos de trabajos meramente físicos, así que sus extremidades estaban bien formadas. Su dieta era variada y equilibrada, igual había algún amante de la verdura. Pero cuando entra en juego LA CERVEZA, y prácticamente sustituye al agua para hidratarse, alguien lo tiene que pagar, y el peso de las consecuencias recae en la barriga. Es muy irónico llamar botellín a algo que termina formando un barrigón.

No eran mala gente, cotilleaban poco y apenas decían nada malo a espaldas de nadie (igual las mujeres un poco cuando hablaban entre ellas), solían tomar el pelo a los críos que allí acabábamos arrastrados por nuestros padres, pero como todo adulto bonachón que se precie, con bromillas que provocan risas de complicidad y que se acabe hablando del tema de las nuevas generaciones, del cuando éramos críos nosotros, etc.

¿Qué ha pasado con el Rock & Roll y con sus gentes? Qué más da, cada uno tendrá sus teorías con las que rellenar párrafos en el artículo aniversario de la Rock Magazine de turno. Yo me quedo con la mía, la más absurda: El Rock se lo quedaron los perroflautas con su pose y sus pintas (como cantaría Miguel Ríos “A todos los nietos del rock: ¡PE-RRO-FLAUTAS!”) y el Roll lo robaron los frikis con sus juegos de mesa y su fantasía épica.

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*Ya, ya lo sé.

1 comentario:

Illuminatus dijo...

Recuerdo las noches de verano en los abres que frecuentaban mi madre y sus hermanos/as en Reinosa, donde vivían mis abuelos hace tiempo. Recuerdo ese fondo musical de los Héroes del Silencio, la Frontera y otros del palo mientras yo intentaba reventar todas las putas burbujas del Pang echando monedas gordas de cinco duros o no estrellarme con el puto ¿Maseratti? del Burnout o la moto de Moto-cross de la puta máquina aquella con el manillar completo.

Hay que joderse. Salía más de crío que ahora.