martes, 10 de mayo de 2011

Joaquín Sardina

Se peinaba a lo Glaucón
el viajero que quiso enseñarme a sumar
en la gare d'Auschwitz.

Calavera de un ratón
amarillo y sensual, cómo no,
del canalillo de Lady Dí.

Hay quien dice que fui yo
el primero en esnifar
cuando en un cotillón de Jerez
conocí a Jean Claude Van Damme.

En la fat-ua Nueva York
da más sombra que los limoneros
la barriga de Kevin Smith,
pero en Apocalipsis now
las balas de los bombarderos
no dejan reír ni mear
y, a las coristas de Babel,
se las tira un español.
No hay más ley que la ley de los moros
en las minas del rey Salomón.

Y desafiando a bestiajez
sin Mortadelo y Filemón,
sobre el Titanic va , ligero de humildad,
ocupando todo lo ocupable,
mi ego de viaje,
luciendo los porcentajes
de un pasado empresarial,
de un violador al abordaje,
de un no te quiero follar.

Y cómo invertir
cuando no quedan
islas para blanquear
al país
donde Losantos se retira
del agravio de buscar
comentarios que sacan de quicio,
mujeres que ganan juicios
tan tangados que empochecen
el cristal de las gafas
de los gafapastas de ciudad

que no tienen abuelo,
que besan culos a ras del suelo,
que no merecen nada[].

El Dhalsim era un hindú,
la virtud un gag de la Momia,
petardas una página web.

Con Catwoman comprendí
que al lugar donde la había alquilado
no debiera tratar de volver.

Cuando en flipe regular
pisé una mierda en Madrid
intenté rascarla de la suela
pero no se separaba de mí.

Y desafiando al malaje
sin timón ni Pumba,

etcétera etcétera que si amas a un cantautor es probable que, una de dos, seas una universitaria flipada o un cantautor.

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