sábado, 6 de marzo de 2010

Entrada por valor de 100 pesetas

Con esta entrada el blog alcanza la entrada número 100.

Ahora mismo me encuentro bastante enfermo (placas tectónicas en la garganta) y pensar en el número 100 me retrotrae a la época de cuando era niño y los fines de semana me daban 100 pesetas de paga semanal. El especial número 100 de Akatsuko.blogspot.com se va a reducir a eso a un delirio producido por el dolor de cabeza. Qué bien, así más tarde puedo hacer el mártir y presumir de dedicación incondicional y sufridora al blog.

Mi principal inversión para los 20 duros semanales de rigor era una tienda de golosinas que había en torno a una plaza de mi pueblo. Igual el premio nobel de economía tiene algo constructivo que decir de este tipo de inversión, pero por mí puede venir y pelármela (una naranja, para hacerme zumito, que estoy pocho). Pero ese señor no tendría nada que objetar a las estrategias que utilizábamos yo y mis compañeros generacionales a la hora de malgastar nuestros dineros. Antes de entrar a la tienda todo estaba ya perfectamente calculado, y gastado, pues las pagas semanales están para pulirlas, hasta el último duro. Destroza más infancias el que unos padres obliguen a ahorrar a sus hijos que una película de La Pajarería de Transilvania con actores reales (¡yo la quiero ver! ¡Que la dirija Sam Raimi!).

Antes de la llegada del euro* las golosinas que podríamos colocar en lo más bajo de la jerarquía chucheril costaban 5 pesetas/un duro por unidad. En esta categoría se encontraban las fresitas, las conchitas, los "regalines" (regalices), chicles, los aros (recubiertos de azúcar), ladrillos con o sin azúcar, piruletas y chupas simples, las lenguas, las cintas enrolladas de regaliz, cerezas de goma, sugus, palotes, fresquitos (unas pastillas blancas que sabían a...¿?), unos sobres con imaginería de drácula con polvos dulces dentro que había que tomarse con un minúsculo hueso amarillo, gusanos de goma, chicle-melones... Uno con 100 pelas se las apañaba para conseguir 20 items en su correspondiente bolsita de plástico. Si ocurría que uno compraba golosinas cubiertas de azúcar, cosa muy frecuente debido al éxito de estas, corría el riesgo de azucarar el resto de gominolas gomosas.

El paquete se reducía a 15 items a cambio de pillar un producto de mayor rango, de la familia de los salados (los actores de las teleseries españolas no entran aquí): las bolsas de snacks costaban 25 pesetas. Las había de 100 en su formato grande, pero hay estudios de psicología que demuestran que preferimos la variedad ante todo. Y si son escépticos a los estudios científicos, ahí tienen a los cocineros de la tele como Arguiñano que dicen que "en la variedad está el gusto". Y de pequeños sabíamos que las bolsas de matutano grandes estaban reservadas a ocasiones especiales, como los cumpleaños, al igual que ocurre con los platos de plástico que hay en la despensa.

Uno tambien podía encontrarse golosinas de mayor precio, de 10 ptas, 20 o 25. Su precio se justificaba en base a su tamaño, palotes, lenguas y regalices con gigantismo. La gente era poco fan de este tipo de cosas, pues su compra suponían importantes tajadas porcentuales a la paga. Y bien trayendo la metáfora, la paga había que estirarla cual chicle masticado durante hora y media.

El local que menciono al inicio se describe de la forma siguiente: un cubículo cuadrangular en el que nada más entrar te topabas frente al mostrador de superficie transparente dentro del cual estaban a buen resguardo las golosinas en cubos de plástico. Al otro lado del mostrador se encargaban de atender una pareja de viejos. Las cosas como son, unos viejos, que se turnaban para sentarse y atender en su silla con desmejorado acolchado. Se les vea desaparecer por una puerta contigua que llevaría a un mundo mágico de ilusiones, o pued que al típico hogar de viejos, nunca lo sabré. Esta entrada va dedicada a aquellos viejos, probablemente criando gusanos a día de hoy, y no de gominola precísamente.

Curiosamente, uno no sentía vergüenza alguna al llegar allí y decir "dame un gusano, y dos fresitas, y 17 aros de azúcar" (cita personal), a los viejos les daban igual los nombres estúpidos. O nos trataban como a iguales o les daba igual como nos trataran, que tambien puede ser.

Pero a uno le llega el momento de crecer y madurar. El momento de ser supermaduro y cambiar las conchitas por chupitos, las cantimploras de zumrok por bacardí y las bufandas para no pasar frío por palestinos mohosos. Igual es producto de los 40 grados de fiebre, pero las cosas parecían mejores de pequeño y más coherentes.

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* Mi conocimiento de economía alcanza hasta la siguiente afirmación: los euros molan porque son de dos colores.